miércoles, 2 de enero de 2013

Lo mismo de siempre

Hoy se me hizo tarde para mi clase de yoga, así que tomé una diferente. Cuando llegué me di cuenta de que la clase la daba el maestro que me gusta (no cómo maestro sino cómo pedazo de carne). Al inicio de la sesión nos preguntó si teníamos alguna molestia, malestar o padecimiento de algún tipo del que él tuviera que estar al tanto. (Y a mi me dieron ganas de decirle que nací con un soplo en el corazón y que el otro día que le pregunté a mi mamá ella me dijo que no se acuerda como fue que me dieron de alta, aumentando mis sospechas de que ese hueco no sólo no se cerró nunca sino que se hizo más grande). Le dije que de un tiempo para acá algunos ejercicios me lastimaban las lumbares.

Durante la clase, mi maestro (suspiro) estuvo muy al pendiente de mí y de mis lumbares, para ver que era lo que ocasionaba el problema e ir pensando en una solución ya fuese médica o yoguística y me explicó que a veces cargamos en las lumbares el peso que deberíamos cargar con otras partes del cuerpo. (Y a mi me dieron ganas de decirle 'a mi no me hables de dolor, si no vienes a salvarme').

También me dijo que a veces los malestares físicos son reflejos de problemas emocionales de los que no hemos tomado conciencia (y a mi me dieron ganas de decirle que tengo trastorno de pánico con síntomas de depresión y que voy a terapia y tomo medicamentos desde hace dos años y que el yoga, que empecé hace un año, es parte del tratamiento y que hay días en que funciona de maravilla y parece que estoy curada y que hay días, como hoy, que por más que trato 'mi condición' es más fuerte que yo misma y me siento igual que al principio, pero con la suma del cansancio de luchar contra esa sensación).

Conforme avanzaba la clase, además, a mi me empezaron a dar muchas ganas de que a la salida me preguntara cómo estaba, cómo me sentía, o si estaba bien, pero también me empezó a invadir una terrible angustia de que eso pasara. Me aterró la idea (como me aterran los humanos) de que se diera cuenta de que me sentía mal y al final de la clase se acercara y me diera ánimos y yo tuviera que fingir que los recibía.

Ya en el último ejercicio se acercó para corregirme la postura (grrr) y se dio cuenta de que había llorado. Me sonrió (y a mi me dieron ganas de decirle lo mismo que quise decirle al taxista  medio acosador que me dijo 'guapa, guapa, guapa, guapa' como veinte veces en media cuadra vacía ayer, o al otro taxista que una vez me persiguió por Churubusco invitándome un café mientras yo andaba en bicicleta, lo mismo que quisiera decirle a mis amigos cuando me dicen que todo va a estar bien, o a mis amantes cuando me hacen halagos respecto a mi personalidad y no a mi desempeño en la cama... 'no me sonrías con esa sonrisa sino quieres que te la arranque con mis garras').

Cuando me fui a recoger mis tenis me preguntó si me sentía mejor y yo dije 'Si, ya no me duele la espalda' pero todavía me dolía, y me siguió doliendo un rato, sobre todo mientras hacía fila para pagar el cable sin él.

2 comentarios:

le dérou dijo...

¿y a qué sabe el pedazo de carne que comes? ¿por qué no comes maestro?

mengana dijo...

yo creo que estás confundido, cómo con acento no es de comer
lo puse así expresamente para evitar confusión ya que como de comer si podía ir junto a pedazo de carne, pero sobre todo, deja de estar mamando